Palabras
Charlaba esta tarde con unos compañeros de trabajo. En la conversación salió la palabra «permuta». En este caso estaba referida a su acepción segunda, según la RAE: «cambio, entre dos funcionarios públicos, de los empleos que respectivamente tienen». Las risas socarronas, y hasta alguna carcajada, salieron de las bocas de todos los presentes, y la situación me llevó a manifestar algo así como que cómo se había desvalorizado ese término. No hizo falta explicación ninguna. Todos sabíamos perfectamente a qué me refería; en este caso, a una devaluación lingüística motivada, por unos oscuros asuntos político-urbanísticos que presuntamente se han realizado en el municipio de Telde en los últimos años.
Alguien apuntó precisamente eso: cómo hay palabras que por su uso se han desvalorizado o no son tan bien vistas como debiera. Entonces salió otra palabra, en este caso, bajo un contexto más internacional. Era el término «becaria». No hay más que imaginarse la situación: ¿Cómo reaccionarían los trabajadores de una oficina si de pronto se presentara una chica diciendo que va a trabajar los próximo seis meses en ese departamento como becaria? Automáticamente todos le darán la bienvenida con esa sonrisa boba en la cara, mientras evocan mentalmente a Mónica Lewinsky y Bill Clinton. Definitivamente, ser becaria hoy en día no está todo lo bien visto que debería estar.
La conversación terminó, pero esta historia de las palabras se me quedó retenida en un rincón cercano de mi disco duro. Entonces me acordé de un libro que leí hace años y que me encantó: «La tienda de las palabras», de Jesús Marchamalo. Se trata de una novela, en la que se proponen al lector varios juegos con letras, palabras y frases, a través de palíndromos, anagramas, acrósticos o eufemismos.
He estado ojeando el libro y me he alegrado bastante al recordarlo. He decidido, incluso, que este verano me lo vuelvo a leer. Y, cómo no, te lo recomiendo, si como yo, te divierte esto de jugar con las palabras y te emociona descubrir, por ejemplo, que hay frases, como «Onís es asesino» o «Anita lava la tina», que se leen tanto al derecho como al revés.
La gran sorpresa fue descubrir que fue en este libro donde leí una jitanjáfora, que estuve buscando hace unos meses, sin recordar dónde lo había visto y mucho menos que se llamaba así.
Se trata de una parrafada, que aunque pudiera servir como discurso, no es más que un texto absolutamente vacío de contenido. Se me ocurre, como he dicho, que puede ser muy útil para alguien que tenga que dar una charla y no se ha preparado nada. Con esta plantilla, que reproduzco a continuación, el susodicho no tendría más que ir leyendo un texto del cuadrito A, luego otro del B, después del C y finalizar con el D. Se puede repetir esta operación varias veces, incluso, saltando de renglón, pero siempre respetando el orden A-B-C-D:

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1º: lo de permuta ya no debe ser exclusivo para los funcionarios de Telde. Santa Brígida, Mogán, San Bartolomé… Aunque también es verdad que ¡mal de muchos, consuelo de tontos!
2ª Que pena qne este artículo no o hayas publicado hace una semana, ¡me hubiera venido ideal para el examen escrito de las opos!…
Saludos
En respuesta a tu 2º: ¿Exactamente por qué?
Bueno, ya me he enterado que te fue bastante bien en las oposiciones o por lo menos que saliste bastante contenta… ¡crucemos los dedos!
Buenas, tengo una pregunta, pero no está relacionada con el tema… Elena, ¿eres Elena Betancor? ¿Profesora de Marpe?… si es así espero que te haya ido bien el examen, si no eres también espero que le haya ido bien, pero me mata la curiosidad…
Besos.
Si, martita, la misma
Imagino entonces que cuando esté más libre la volveremos a ver en la Alpispa no?
Espero que todo vaya bien por ahí.
Besos.